Archivos Mensuales: octubre 2005
Disfraz

Siempre me pregunte: por que en las peliculas, cuando alguien va a revisar el closet de alguna mujer lo primero que saltaba era algún perverso disfraz, algo asi de policía o de enfermera hot.
Nunca le conseguí la respuesta hasta ahora que me pregunto: Y AHORA QUE VOY A HACER CON EL DISFRAZ DE GATO? :S
cuento 13 Las Momias del Dr. Knoche
Historia y leyenda Venezolana
A mediados del siglo XIX, el doctor Gottfried Knoche emigró de Alemania a Venezuela, con el propósito de domiciliarse en La Guaira para atender a la numerosa población alemana establecida por aquel entonces en el litoral. Fundador del Hospital San Juan de Dios durante el gobierno del general Juan Crisóstomo Falcón, Knoche también fue nombrado director del hospital de La Guaira.
Knoche inyectaba su fórmula en la yugular del agonizante, preferiblemente minutos antes del deceso, para hacerla así circular por todo el organismo. El suero permitía embalsamar los cadáveres sin extraerles las vísceras -lo que lo diferenciaba del método egipcio- y garantizaba la conservación del cuerpo durante un largo tiempo.
Esta obsesión por dotar de una apariencia de vida a los muertos dio pie a una de las anécdotas más populares atribuidas a este enigmático personaje. Los familiares de don Tomás Lander, distinguido hombre público de la Caracas del siglo XIX y fundador junto con Antonio Leocadio Guzmán del periódico El Venezolano, conocieron a través de un amigo las virtudes del misterioso líquido embalsamador de Knoche y solicitaron al médico que momificara el cuerpo de su deudo.
Una vez concluido el proceso -con el cuerpo ya vestido y maquillado por sus familiares- sentaron a Lander en un escritorio a la entrada de la casa. Allí estuvo durante 40 años, hasta que el gobierno de Antonio Guzmán Blanco exigió a los descendientes del difunto que enterrasen cristianamente a la momia.
Se dice que otro presidente de Venezuela, Francisco Linares Alcántara, también fue momificado por el médico alemán.La fascinación y persistencia por evitar el inexorable proceso de descomposición de los cuerpos creó en torno a Knoche una leyenda y un territorio de ficción que convivía aledaño a la mansión Bella Vista: el mausoleo.
Ubicado apenas a 100 metros de la casa, en el mausoleo de la familia Knoche cobraba vida el imaginario del médico alemán. En su laboratorio, docenas de cadáveres no reclamados fueron embalsamados por Knoche, quien, de esta manera, perfeccionó su técnica hasta hacerla impecable.Momificó hasta a los perros y los convirtió en guardianes de la entrada del mausoleo.
En su interior, cinco tumbas de mármol y vidrio servían de morada a los habitantes de la casa que habían fallecido: su hija, el yerno, dos enfermeras y el propio Knoche fueron poblando gradualmente el sombrío recinto.
Para la llegada de su propia muerte, Knoche había previsto que fuese la enfermera Amalie Weismann la encargada de suministrarle el suero momificador, dosis que dejó preparada.
Knoche fue previsivo también con la dosis de Amalie: aunque la última sobreviviente de Bella Vista parece haber consultado con el cónsul alemán de la época, Julius Lesse, acerca de redactar un documento en el que constara que su última voluntad era que su cuerpo fuese cremado y las cenizas arrojadas al mar (¿temor quizá de ser momificada en el mausoleo de Knoche?); al pasar a mejor vida, el mismo doctor Lesse y Carlos Enrique Reverón subieron a Bella Vista y le inyectaron la dosis preparada para ella 20 años antes por el mismo Knoche.
Acto seguido cerraron con llave la puerta del mausoleo, sellando así el destino final de la última sobreviviente.
…
Entre las muchas historias que rondan la leyenda del doctor Gottfried Knoche destaca el caso del cadáver que se negó a ser momificado.
Los testimonios que cuentan el suceso revelan que era usual que los cuerpos de los muertos no reclamados en la morgue del hospital San Juan de Dios eran llevados a lomo de burros y mulas hasta la hacienda del conocido médico.
En una ocasión,un occiso era llevado cerro arriba por los arrieros;en un tropiezo de las bestias,el cuerpo se soltó de las amarras y se desprendió por un farallón.
Por más que buscaron, el cadáver no fue nunca encontrado.
Otra historia refiere que el médico no sólo embalsamaba a los humanos;aplicaba su fórmula “milagrosa ”para disecar a sus mascotas y preservarlas a la vista.
Igualmente,la leyenda cuenta del caso de una persona que fue a visitar la casona después de clausurada y se tomó lo que pensaba era una bebida alcohólica; como consecuencia de su imprudencia quedó petrificado.
Tiempo después,ese cuerpo fue confundido como uno de los trabajos póstumos del alemán.
Verdaderas o falsas,estas historias ya forman parte del imaginario litoralense.
cuento 12 El Silbón
Leyendas Venezolanas
En los llanos del estado venezolano de Portuguesa hay luna llena y varios diablos andan sueltos. Algunos más ocupados que otros. De momento.Así, por ejemplo, el hombre que le calienta la oreja a la mujer casada, y que no cree en “cuentos de camino”, no atiende consejo.Entretanto, un sonido característico anuncia en la distancia la visita de un espíritu atormentado; un joven que desencadenó el horror dentro de su propia familia y que anda buscando más tragedia.
Si una cosa podría decirse de El Silbón es que avisa.
Dice esta leyenda que El Silbón recorre los llanos con un silbido que estremece al más pintado. Confunde, pues cuando se escucha cerca es porque está lejos, y viceversa.
La señal confirmatoria de que el espíritu ronda el vecindario es un característico ruido de huesos que chocan unos con otros.
Se cree que los lleva en un saco, al hombro. Unos piensan que son los huesos de sus víctimas más recientes; otros, que pertenecen a su propio padre.
Para cuando se alcanza a oír el “crac-crac”, sin embargo, tal vez es demasiado tarde.
Amores y engaños
Cuentan que hubo una vez un joven que descubrió que algo extraño estaba pasando entre su padre y su esposa.Unos dicen que el viejo le pegó a la joven. Otros sostienen que la violó.“Lo hice porque es una regalada”, fue la explicación que el viejo dio a su hijo.
De los dos, el padre llevó la peor parte. El joven le asestó un fuerte golpe en la cabeza con un palo, que lo tumbó en el suelo, donde el hijo se le abalanzó y lo ahorcó.
El abuelo del joven, que escuchó de la pelea, fue en busca de la víctima, a todos los efectos, su hijo. El abuelo juró castigar al joven, su propia carne y sangre, por el horrendo crimen que había cometido… contra su propia carne y sangre.
Poco tardó en encontrarlo. Entonces lo amarró y le propinó una andanada de latigazos con un “mandador de pescuezo”, típico del llano.
“Eso no se le hace a su padre…Maldito eres, pa´ toa´ la vida”, le decía.
Para completar la sanción, le frotó ají picante en las heridas y echó al perro para que lo persiguiera. Hasta el fin de los tiempos le muerde los talones.
Niño mimado
Hay otra versión sobre los orígenes de El Silbón, pero no es más “amable”. Empieza con que El Silbón era un joven consentido, a quien un día se le antojó comer “asadura” de venado (el hígado, el corazón y el bofe del animal).Para complacerlo, su padre fue de cacería. Pero la jornada estuvo mala. E iba a ponerse peor.Como se tardaba, el joven salió a buscarlo. Cuando lo halló con las manos vacías, decidió matarlo y sacarle la “asadura”.
El hijo entregó las entrañas a su madre para que se las cocinara. Como no se ablandaban, la señora sospechó y avisó al abuelo.
El látigo, el ají y el perro entran a escena igualmente en esta historia. Son las armas con las que el llanero se defiende de El Silbón, pues huye de ellas como de la peste.
Se cree que le succiona el ombligo a los borrachos. Y que para con los mujeriegos, no tiene piedad: que cuando tropieza con uno, lo vuelve pedacitos y le saca los huesos.
Otra tradición señala que El Silbón se presenta en las casas, de noche, a contar los huesos que lleva en el saco. Si nadie lo escucha, alguien de la familia muere al día siguiente.
…
tomado de: BBC Mundo.com
Yolanda Valery
cuento 11 La Sayona
Leyendas Venezolanas
Esta aparición materializada en la figura de una mujer delgada, alta, de uñas largas y muy elegante, es considerada como una señal castigadora y reprobatoria de la mala conducta e infidelidades cometidas por los hombres.Esta leyenda originaria de Los Llanos, data de la época colonial; sin embargo, hoy en día, todavía se escuchan “cuentos” de personas asegurando que han sido interceptados en algún camino por esta gélida y espantosa mujer.Un habitante de El Regalo, haciendo referencia a su encuentro con La Sayona, nos contó que una noche cuando su esposa dormía, se escapó para visitar a su amante. En medio de su caminata, se sorprendió al ver que dicha mujer venía a su encuentro, pero caminaba tambaleante y su cabello era muy largo.
“¡Pero bueno!, ¿qué pasa?”
Cuando volteó, se encontró con una mujer blanca y con los dientes como una hacha. El hombre salió corriendo y cuando llegó a la puerta de su casa, se encontró con la aparición nuevamente. Esta le extendió los brazos para estrecharlo, y así lo hizo.
Cuando el hombre logró soltarse, entró a su casa y oyó la voz de su comadre que le preguntaba:
“¿Compadre, y qué le pasó?, y éste le contestó:
- ¡Qué buen susto comadre!, dígame, salí un momentico a orinar afuera y me salió esa mujer…
- “Mire compadre, esa es La Sayona
- ¿No será que usted tiene cosas con otra mujer? Cuídese, yo que le digo…”
El hombre asegura que después de esta experiencia -aunque fue hace mucho tiempo-, nunca más le quedaron ganas de volverle a ser infiel a su mujer…
Otras versiones dicen que la intención de La Sayona es atraer a los hombres hasta el cementerio, sin que estos puedan verle el rostro, con la intención de aterrorizarlos al descubrir que han estado caminando en compañía de una calavera.
La Sayona tiene la particularidad de “desdoblarse”, esto quiere decir que puede presentarse como un perro, un lobo o como la mujer antes descrita.
Así que si eres uno de esos hombres, que disfrutas pensando que puedes tener varias mujeres, no te descuides, porque puede que un día de estos La Sayona decida hacerte una visita…

Autor de la imagen:
Fausto Thielen ( Ver más obras y biografía )
cuento 10 El almohadón de plumas
Autor: Horacio Quiroga
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte.
Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst… -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio… poco hay que hacer…
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
A
licia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre. Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados dél hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay?-murmuró con la voz ronca. -Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor J
Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: -sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
4 mas y mas na’

Les esta gustando la guachafita de los cuentos verdad??? Pues no!
13 nada mas y se acabo la contadera de cuentos VIVOS jejejeje
Faltan cuatro mas y después bye bye JALOGUIN… ya me esta haciendo falta mis propios cuentos de cómo hice hallaquitas aliñadas y guasacaca y de cómo ligamos anoche para que ganara las medias blancas
cuento 9 La niña y las monedas de oro
LEYENDA URBANA
Una noche mientras la niña dormía escuchó unos ruidos en el pasillo, abrió lentamente la puerta de su cuarto para mirar el pasillo que comunicaba los cuartos, enormemente largo y oscuro, lleno de cuadros y enlosado.
Cuando el niño se fue salió y se dirigió hacia allí; entonces apareció una de las criadas con una vela enorme que también había visto lo que había pasado y quería sacar partido.
Decidieron que no dirían nada a nadie, todas las noches se acercarían y con la ayuda de la luz de la vela levantarían la loseta y sacarían las monedas hasta acabarlas. Todas las noches la niña,que por su tamaño cabía dentro, se metía en el hueco bajo la loseta e iba dando monedas a la criada, quien las iba guardando en un enorme saco. Las noches pasaban y aquel tesoro parecía no acabarse nunca. Cada noche que pasaba la vela iba consumiéndose más y más, pero las monedas seguían saliendo a pares y no querían dejarse ninguna.
Una noche en medio de su labor la vela comenzó a parpadear haciendo amagos de apagarse, la criada le dijo a la niña que saliera del hueco, que ya tenían dinero de sobra. La niña le hizo caso y abandonó el escondrijo, pero en el último momento una moneda cayó del saco al hueco y, en un acto de avaricia y sin pensárselo siquiera, la muchacha se metió de nuevo en el hueco. La criada intentó agarrarla pero no pudo, mientras le gritaba que por favor saliera de allí y dejara la moneda, pero en medio de ese griterío la vela terminó de apagarse. En el momento justo en que el último rayo de luz salió de la vela la loseta se cerró ante los ojos de la criada dejando a la niña dentro.
La criada decidió no decir nada a nadie, los padres dieron a la niña por desaparecida y el tema se fue olvidando con el tiempo. Pero aún en la actualidad dentro de esa casa se siguen oyendo por las noches los gritos de auxilio de la niña que repiten noche tras noche en el pasillo \”Por favor…socorro…sacadme de aquí…\”. Incluso la policía ha acudido multitud de veces ante la llamada de los vecinos que oían voces pidiendo ayuda, pero al llegar al viejo caserón lo único que siempre han encontrado es una vela vieja y consumida puesta justo en el centro de una loseta…
cuento 8 Las Monjas
Autor: NURIAUna joven de 18 años se quiso meter en un convento de monjas después de tres años estudios religiosos. Mirando un plano, la chica llegó a la puerta del enorme caserón tétrico y misterioso.
Picó a la puerta y las monjas le recibieron. Esa noche al lado de la cama en la mesa de la habitación que le habían designado, encontró la carta de una chica que, al parecer había estado en el convento hace tres años. Decía:
Trazy
Allí se acababa la carta, la joven, intrigada, bajo las escaleras y abrió la puerta del sótano para ver lo que había en su interior y al abría la puerta vió una cama que tenía una niña muerta atada, sin un brazo, sin ojos, y en la cabecera estaba escrito con sangre : Trazy.
La chica corrió a buscar a las monjas que estaban fuera pero cuando salió y miró hacia arriba, vio volar a las monjas sin brazos y sin piernas, pero cuando se dió la vuelta…
cuento 7 La Muerte
Autor: desconocido
Efectivamente, adentro estaba una señora. Blanca, pálida, de una palidez casi mortal, vestida de negro absoluto que en todo caso la hacía ver muy elegante. LLevaba el pelo liso, arreglado hacia un lado y tenía la mirada bien penetrante. A él le pareció que tenía algo de sobrenatural. Estaba sentada en una de las dos sillas que habían justo adelante de su escritorio. Como ella le tendiera su mano, él se la dio en normal saludo y se la sintió fría. Definitivamente sepulcral. En ese momento don Guillermo Pacheco estuvo seguro que si le hubiera tomado el pulso no se lo habría encontrado. Terminó de arreglar sus cosas, colocó su saco en el perchero, se sentó en su silla, se sintió extrañamente nervioso y se dispuso a atenderla.
-He venido a traerle buenas noticias. Se acabaron sus problemas- Le dijo ella. Y se lo dijo de una manera tan impersonal, tan contundente, tan estudiada, tan maquinal, tan fría, que él se sintió asustado.
Se acomodó en su sillón sin saber exactamente qué hacer. Como ella sólo se lo quedara mirando sin decirle nada inició un estúpido juego mental que consistió en tratar de establecer en qué iba a parar todo ese asunto.
De pronto ella le dijo bien fríamente:
-Vengo a venderle un contrato funerario.
Y comenzó a sacar de su portafolios una serie de papeles en los que se podían ver preciosas fotografías de brillantes ataúdes, de mausoleos rodeados de bellas áreas jardinizadas, de relucientes carros fúnebres, de estatuas de Cristos en diferentes poses, de carreteras sólidamente adoquinadas para el fácil acceso, Etc.
Las reacciones mentales de don Guillermo Pacheco siempre fueron lentas, y si a eso agregamos que el hombre estaba comenzando a sentirse presa del terror, no entendió, -o no pudo entender-, (o no quiso entender), lo que había escuchado. Levantó su maletín y lo colocó sobre el escritorio. Después lo devolvió a su lugar y se dio cuenta que estaba realmente confundido. Se miró sus manos y casi se sorprendió de vérselas allí, luego se las colocó sobre sus piernas y se las sintió heladas. La dama, sin inmutarse en lo más mínimo le dijo en tono maquinal:
-Nuestros precios son en dólares Don Guillermo Pacheco trató de levantarse de su silla pero no pudo. Sus piernas no le obedecían. Escuchó el violento ritmo de su corazón. Se sintió la boca seca.
Sacó un cigarrillo y quiso llevárselo a la boca, pero se le cayó de las manos.
-¡Firme aquí!- Le ordenó ella alcanzándole un papel lleno de letritas, indicándole con su dedo largo, blanco y huesudo el lugar en el que debía firmar. Don Guillermo trató de decir algo, de hacer algo, de argumentar alguna cosa pero no pudo. Frente a él se encontraban los ojos más penetrantes enmarcados en la cara más dura que había visto jamás. Con su mano engarrotada y temblorosa firmó de una vez todos los papeles.
La señora guardó sus documentos, se despidió con un frío apretoncito de manos, se dio la vuelta y se fue. Don Guillermo Pacheco se encontró descompuesto. Y se puso peor cuando comprendió que acababa de contraer una deuda espantosa. Como primera providencia llamó a su secretaria y a gritos le ordenó que jamás volviera a permitir que nadie entrara a su oficina.
Cuando se calmó tuvo la inequívoca certeza que ese día precisamente se había comenzado a morir.
