cuento 9 La niña y las monedas de oro

LEYENDA URBANA

Una noche mientras la niña dormía escuchó unos ruidos en el pasillo, abrió lentamente la puerta de su cuarto para mirar el pasillo que comunicaba los cuartos, enormemente largo y oscuro, lleno de cuadros y enlosado.

Al final del pasillo la niña vio lo que parecía un niño de su edad levantando una de las losetas y metiendo algo dentro de un hueco en el suelo. La niña no podía creerlo, lo que vió relucir en la mano del muchacho al pasar por la tenue luz que entraba por la ventana eran monedas de oro.
Cuando el niño se fue salió y se dirigió hacia allí; entonces apareció una de las criadas con una vela enorme que también había visto lo que había pasado y quería sacar partido.
Decidieron que no dirían nada a nadie, todas las noches se acercarían y con la ayuda de la luz de la vela levantarían la loseta y sacarían las monedas hasta acabarlas. Todas las noches la niña,que por su tamaño cabía dentro, se metía en el hueco bajo la loseta e iba dando monedas a la criada, quien las iba guardando en un enorme saco. Las noches pasaban y aquel tesoro parecía no acabarse nunca. Cada noche que pasaba la vela iba consumiéndose más y más, pero las monedas seguían saliendo a pares y no querían dejarse ninguna.

Una noche en medio de su labor la vela comenzó a parpadear haciendo amagos de apagarse, la criada le dijo a la niña que saliera del hueco, que ya tenían dinero de sobra. La niña le hizo caso y abandonó el escondrijo, pero en el último momento una moneda cayó del saco al hueco y, en un acto de avaricia y sin pensárselo siquiera, la muchacha se metió de nuevo en el hueco. La criada intentó agarrarla pero no pudo, mientras le gritaba que por favor saliera de allí y dejara la moneda, pero en medio de ese griterío la vela terminó de apagarse. En el momento justo en que el último rayo de luz salió de la vela la loseta se cerró ante los ojos de la criada dejando a la niña dentro.

La criada decidió no decir nada a nadie, los padres dieron a la niña por desaparecida y el tema se fue olvidando con el tiempo. Pero aún en la actualidad dentro de esa casa se siguen oyendo por las noches los gritos de auxilio de la niña que repiten noche tras noche en el pasillo \”Por favor…socorro…sacadme de aquí…\”. Incluso la policía ha acudido multitud de veces ante la llamada de los vecinos que oían voces pidiendo ayuda, pero al llegar al viejo caserón lo único que siempre han encontrado es una vela vieja y consumida puesta justo en el centro de una loseta…

 

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cuento 8 Las Monjas

Autor: NURIAUna joven de 18 años se quiso meter en un convento de monjas después de tres años estudios religiosos. Mirando un plano, la chica llegó a la puerta del enorme caserón tétrico y misterioso.
Picó a la puerta y las monjas le recibieron. Esa noche al lado de la cama en la mesa de la habitación que le habían designado, encontró la carta de una chica que, al parecer había estado en el convento hace tres años. Decía:

Querida familia, Este convento está poseído por el Diablo. Las monjas no son humanas. Por las noches juegan con la guija y no hablan, hacen ruidos muy extraños. Ayer bajé a un sótano que hay en la habitación del piso de abajo. Intenté avisar a la chica que está en la habitación de al lado, pero cuando entré en la habitación y vi que otra chica se estaba comiendo sus pies, miró hacia atrás y me vio. Tenía toda la cara deformada. Bajé corriendo al sótano y abrí la puerta de golpe. Allí estaba el hombre que Reagan me describió en su historia. Que no tenía cara porque se la había comido de pasar hambre. Tengo miedo. Ayer cuando intenté salir se comió la mitad de mi brazo. Por favor venid a buscarme.

Trazy

Allí se acababa la carta, la joven, intrigada, bajo las escaleras y abrió la puerta del sótano para ver lo que había en su interior y al abría la puerta vió una cama que tenía una niña muerta atada, sin un brazo, sin ojos, y en la cabecera estaba escrito con sangre : Trazy.

La chica corrió a buscar a las monjas que estaban fuera pero cuando salió y miró hacia arriba, vio volar a las monjas sin brazos y sin piernas, pero cuando se dió la vuelta…

 

cuento 7 La Muerte

Autor: desconocido

La Secretaria le hizo saber a don Guillermo Pacheco que una señora lo esperaba adentro de su oficina. Tal noticia le causó una natural sorpresa. Es que nunca antes lo había llegado a visitar ninguna señora que de una vez se hubiera metido a su oficina. Aún cuando no logró comprenderlo, un pequeño miedo se le comenzó a trepar por la espalda. Dándose un ligero aire de importancia y poniendo cara de circunstancias se dispuso a entrar.

Efectivamente, adentro estaba una señora. Blanca, pálida, de una palidez casi mortal, vestida de negro absoluto que en todo caso la hacía ver muy elegante. LLevaba el pelo liso, arreglado hacia un lado y tenía la mirada bien penetrante. A él le pareció que tenía algo de sobrenatural. Estaba sentada en una de las dos sillas que habían justo adelante de su escritorio. Como ella le tendiera su mano, él se la dio en normal saludo y se la sintió fría. Definitivamente sepulcral. En ese momento don Guillermo Pacheco estuvo seguro que si le hubiera tomado el pulso no se lo habría encontrado. Terminó de arreglar sus cosas, colocó su saco en el perchero, se sentó en su silla, se sintió extrañamente nervioso y se dispuso a atenderla.

-He venido a traerle buenas noticias. Se acabaron sus problemas- Le dijo ella. Y se lo dijo de una manera tan impersonal, tan contundente, tan estudiada, tan maquinal, tan fría, que él se sintió asustado.

Se acomodó en su sillón sin saber exactamente qué hacer. Como ella sólo se lo quedara mirando sin decirle nada inició un estúpido juego mental que consistió en tratar de establecer en qué iba a parar todo ese asunto.

De pronto ella le dijo bien fríamente:

-Vengo a venderle un contrato funerario.

Y comenzó a sacar de su portafolios una serie de papeles en los que se podían ver preciosas fotografías de brillantes ataúdes, de mausoleos rodeados de bellas áreas jardinizadas, de relucientes carros fúnebres, de estatuas de Cristos en diferentes poses, de carreteras sólidamente adoquinadas para el fácil acceso, Etc.

Las reacciones mentales de don Guillermo Pacheco siempre fueron lentas, y si a eso agregamos que el hombre estaba comenzando a sentirse presa del terror, no entendió, -o no pudo entender-, (o no quiso entender), lo que había escuchado. Levantó su maletín y lo colocó sobre el escritorio. Después lo devolvió a su lugar y se dio cuenta que estaba realmente confundido. Se miró sus manos y casi se sorprendió de vérselas allí, luego se las colocó sobre sus piernas y se las sintió heladas. La dama, sin inmutarse en lo más mínimo le dijo en tono maquinal:

-Nuestros precios son en dólares Don Guillermo Pacheco trató de levantarse de su silla pero no pudo. Sus piernas no le obedecían. Escuchó el violento ritmo de su corazón. Se sintió la boca seca.
Sacó un cigarrillo y quiso llevárselo a la boca, pero se le cayó de las manos.

-¡Firme aquí!- Le ordenó ella alcanzándole un papel lleno de letritas, indicándole con su dedo largo, blanco y huesudo el lugar en el que debía firmar. Don Guillermo trató de decir algo, de hacer algo, de argumentar alguna cosa pero no pudo. Frente a él se encontraban los ojos más penetrantes enmarcados en la cara más dura que había visto jamás. Con su mano engarrotada y temblorosa firmó de una vez todos los papeles.

La señora guardó sus documentos, se despidió con un frío apretoncito de manos, se dio la vuelta y se fue. Don Guillermo Pacheco se encontró descompuesto. Y se puso peor cuando comprendió que acababa de contraer una deuda espantosa. Como primera providencia llamó a su secretaria y a gritos le ordenó que jamás volviera a permitir que nadie entrara a su oficina.
Cuando se calmó tuvo la inequívoca certeza que ese día precisamente se había comenzado a morir.

 

cuento 6 VERÓNICA

Leyenda Urbana

Carolina y Verónica eran dos jóvenes novicias de un convento, el cual, actualmente, es un colegio de Primaria y Secundaria. Estas jóvenes habían sido amigas desde la infancia y juntas habían decidido convertirse en religiosas.

Durante el último año de sus estudios se celebró en el convento una pequeña convivencia religiosa en la que participaron las otras congregaciones de la comarca. De una de ellas procedía un joven que había sido criado por los monjes debido a que su madre lo abandonó, este joven era bastante atractivo y Carolina se enamoró de él a pesar de sus votos. Por otro lado Verónica también se enamoró de él, pero lo mantuvo en secreto hasta que una noche Carolina fue a buscarla y la encontró en la habitación del joven acostándose con él. Carolina salió corriendo de la habitación gritando sin darle tiempo a Verónica de explicar que había renunciado a la vida religiosa y había decidido casarse con el joven.

Al ver que era imposible que Carolina atendiera a razones decidió acostarse y que ya hablaría con ella por la mañana. Pero esa mañana nunca llegaría para ella. Por la noche Carolina cogió las tijeras que usaban en los talleres de costura, las cuales estaban atadas a un lazo rojo para poderse colgar del cuello y así no perderlas. Esta se dirigió sigilosamente hacia el cuarto donde se hallaba Verónica durmiendo, se acercó a la cama, levantó las tijeras abiertas y se las clavó a Verónica en el pecho al mismo tiempo que esta gritaba su nombre.

Asustada por lo que había hecho, Carolina cogió el cuerpo de Verónica y lo enterró en el huerto del convento con las tijeras todavía clavadas en el pecho.

Al año siguiente Carolina seguía estudiando en el convento y todo el mundo creía que Verónica se había fugado con aquel joven del que se había enamorado, pero la noche en la que se celebraba el aniversario de la muerte de Verónica, Carolina comenzó a escuchar un ruido de pasos en el corredor que se dirigían a su habitación, de repente la puerta se abrió y Carolina fue incapaz de abrir los ojos hasta que un escalofrío recorrió su cuerpo estremeciéndola de miedo que le hizo abrirlos y observó el cuerpo putrefacto de su amiga la cual sujetaba en las manos las tijeras con el lazo rojo. En cuestión de segundos Verónica clavó las tijeras en el corazón de su amiga dándole muerte.

Al día siguiente las hermanas de la orden hallaron sobre la cama de Carolina las tijeras con el lazo rojo y una pequeña Biblia en cuyas tapas Carolina relataba lo sucedido una noche hacía ya un año cuando por celos había matado a su mejor amiga.

Se dice que el espíritu de Verónica todavía vaga buscando venganza y que para invocarla es necesario una tabla de ouija, una Biblia abierta por la mitad y unas tijeras abiertas rodeadas por un lazo rojo, pero esto es muy peligroso de hacer, ya que si aparece Verónica y encuentra a alguien en la reunión con los mismos sentimientos de celos y odio que su amiga Carolina, le clavará las tijeras en el corazón.

Si te pones delante de un espejo de noche y a oscuras en un cuarto de baño con tres velas encendidas, e invocas a Verónica diciendo su nombre tres veces durante tres veces (una por cada vela) aparece reflejado en el espejo la fecha de tu muerte en el vaho producido por las velas.

 

cuento 5 La mujer del pasillo

LEYENDAS URBANAS

Esta es mi historia: Una noche de Halloween, por hacer algo de miedo, jugamos a la Ouija, cosa de la que siempre me arrepentiré.

La noche era fría, en el ambiente se notaba un aroma extraño, no sé definirlo con palabras; unos amigos y yo buscamos una vieja Ouija que mi familia siempre ha tenido guardada… Era de mi bisabuela, la cual había muerto cuando yo aún no había nacido, y siempre había querido conocerla. Mis amigos hacían eso por diversión, yo por un fin, puesto que quería hablar con mi bisabuela.

La sesión comenzó, entre risas mis amigos bromeaban, yo estaba muy serio, concentrado, pero ellos no lo notaron, hasta que cayó un rayo que iluminó toda la habitación oscura, seguido de un trueno, que estremeció hasta el último de mis huesos. Asustados por el rayo, mis amigos, se quedaron en silencio, como yo, concentrándose, de repente, el puntero de la Ouija comenzó a moverse. Preguntamos al unísono, quién era, pero no respondió.

El puntero se movía sin cesar de un lado para otro, sin formar palabras. Al final paró, y lentamente, formó las siguientes palabras: “Estoy yendo a por vosotros”.

Llamaron a la puerta, pero nadie se atrevió a abrirla, sólo oímos la voz de quien llamaba: Era una mujer, que estaba en el pasillo y gritaba por entrar a mi habitación. El cerrojo estaba echado, no podía entrar, pero parecía que iba a tirar la puerta abajo.

La mujer gritaba desesperada, la puerta iba a caer, así que empujamos la cama para atrancarla. La mujer cada vez más desesperada, gritaba mi nombre. Yo tuve el impulso de abrir la puerta, pero me contuve, esos gritos eran desesperados.

Entonces me di cuenta: Era mi bisabuela; algo me lo decía, aunque no podía explicar cómo lo sabía.

Me lancé a abrir la puerta, quería verla, tenía que verla, pero mis amigos me agarraron. Los gritos cesaron, una de mis amigas, tuvo un ataque de nervios. Nos acercamos a consolarla, pero una voz grave y fuerte salió de ella diciendo que no nos acercáramos. Nos quedamos de piedra.

La mujer del pasillo comenzó a gritar de nuevo: “¡Os lo advertí, y no me hicisteis caso, ahora moriréis!”. Mi amiga comenzó a moverse de un lado a otro, diciendo que nos mataría. Intentamos abrir la puerta pero no pudimos. Los gritos volvieron a cesar, conseguimos abrir la puerta, yo salí primero, pero se cerró detrás de mí. Oí los gritos aterrorizados de mis amigos, histéricos, pidiendo socorro, dando patadas a la puerta para abrirla.

Escribo mi historia, cuarenta y cinco años después de que ocurriera, pues acabo de salir de la cárcel, culpado por el asesinato de mis amigos, los cuales encontré muertos cuando conseguí abrir la puerta de mi habitación.

 

cuento 4 A los pies de la Cama

Autor: Héctor Álvarez Sánchez (heko).

Red y Sadie entraron en la habitación de su hijo al escuchar los gritos. Charlie tenía seis años. Lloraba y gritaba de verdadero pánico. Tenía los ojos hinchados y las lágrimas atravesaban sus sonrosadas mejillas para ir a desaparecer entre las ropas de la cama; a las que se sujetaba como un loco.

La luz estaba apagada y la oscuridad era casi total, a no ser por la columna de luz que penetraba a través de la hendidura dejada por la puerta.

Charlie llamaba desesperadamente a sus padres…

Red y Sadie le encontraron con el cuerpo envuelto en sudor y completamente pálido.
Red trató de calmarle:

-Tranquilo, sólo ha sido una pesadilla, lo mejor será que te vuelvas a acostar y mañana por la mañana me cuentes que es lo que has soñado.

-¿Que…?- Charlie aun parecía estar medio dormido -¡No!- dijo de repente -¡No ha sido una pesadilla!, ¡algo se estaba moviendo a los pies de mi cama!.

-Sí, es posible que esté diciendo la verdad- intervino Sadie dirigiendo una mirada cómplice a su marido -como también es posible que esta habitación esté llena de fantasmas y que bajo la cama vivan seres terroríficos.

¿Cuántas veces te hemos dicho que esas cosas no existen?

-Muchas- respondió Charlie no muy convencido.

Otra mirada de Sadie indicó a Red que le tocaba hablar a él. Entendió el gesto de inmediato y se dispuso a sermonear a su hijo, que poco a poco iba recuperando el color.

-Tu madre tiene razón y tu lo sabes, aparte de que ya eres mayorcito para dejar de tener miedo a esas cosas.

¿Te gustaría que se enterasen tus amigos del colegio?, seguro que no, se reirían de ti. Debes aprender a dominarte, igual que has aprendido a no mojar las sábanas, ¿lo recuerdas?. Podría hablarte durante largo rato, pero sería inútil, lo que quiero que aprendas de esto es lo siguiente: que temer a la oscuridad y a lo que hay en ella es cosa de niños muy pequeños y que, a medida que te haces mayor, ves que nada de esto existe. ¿Lo entiendes?.

-Sí- confirmó Charlie.

Red sonrió y vio como su mujer también lo hacía. Acababan de pasar por una de las típicas charlas de los padres con los hijos.

Charlie vio a sus padres marcharse de la habitación apagado la luz que habían encendido al entrar. Cerraron la puerta totalmente. Ahora la oscuridad si era completa.

Charlie se resignó y llegó a convencerse de que sólo había sido un sueño; que no estaba realmente despierto cuando le pareció ver algo extraño.

Apoyó la cabeza en la almohada y se tapó completamente con las sábanas. Hacía algo de frío. Intentó dormirse, necesitaba descansar.

Cerró los ojos y se abandonó a un profundo sueño, tan profundo que no advirtió la mano que le acompañaba bajo las sábanas, una mano eternamente fría y descarnada.

La mano que le llevó, de un tirón, al otro lado de la oscuridad.

 

cuento 3 No solo los perros lamen

Leyenda Urbana

Cuenta la leyenda que dos chicas, cuyos padres se habían ido a pasar el fin de semana a la montaña, se habían quedado solas en casa, en compañía de su perro. Cuando estaban viendo la televisión, un avance informativo interrumpió la programación. Un asesino loco se había escapado del manicomio. La niña pequeña sintió mucho miedo, pero su hermana la tranquilizó, diciéndole que no se preocupara, que nadie podría entrar sin que su perro se diera cuenta, y si el perro oía algún ruido ladraría, entonces ellas llamarían a la policía. Las niñas se acostaron intranquilas, pero tras un largo rato cayeron dormidas.

En mitad de la noche la niña se despertó y sintió miedo, entonces metió la mano debajo de la cama, donde dormía su perro, para que éste la lamiera y así fue. Entonces la niña se quedó tranquila, pero empezó a oír un ruido extraño.

Parecía un goteo…

La niña se levantó para ver de dónde salía el ruido y al llegar al baño se encontró a su perro ahorcado, y junto al perro una nota que decía: No sólo los perros lamen.

Al otro dia descubrieron a las dos niñas muertas…