Trick or treat

 

 

Ya termino la cadena de cuentos halloweenescos hasta el proximo año.

Caramelos para mis arepologos torturados

 

Cuento 1 El hijo
Cuento 2 No digas que me necesitas
Cuento 3 Espanto en el Baul
Cuento 4 El Exorcista en 30 seg
Cuento 5 El hombre de negro
Cuento 6 La puerta del cementerio
Cuento 7 Una mancha en la pared
Cuento 8 En el baño
Cuento 9 La leyenda de Juan Machete
Cuento 10 El gato negro
Cuento 11 Muñecas
Cuento 12 Una noche de verano
Cuento 13 La Partida

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Cuento 13 La Partida

Autor: Alberto Chimal

Una madre vio morir a su pequeño hijo en aquel temblor espantoso, el que destruyó la ciudad de Appa, pero no pudo resignarse a su muerte y rogó a los dioses que se lo devolvieran.

Los dioses, compadecidos, no dejaron que el alma del pequeño entrase en el Otro Mundo y la devolvieron a su cuerpo. Pero ya saben cómo son los dioses: el cuerpo no dejó de estar muerto, no se aliviaron sus múltiples heridas, así que el corazón de la madre pasó de la dicha de tener a su hijo, de no haberlo perdido, al horror de ver sufrir a la pobre criatura, prisionera de su carne lastimada. Y luego vino el asco, sí, el asco, porque el niño comenzó a pudrirse, y los gusanos lo devoraban, y gritaba llamando a la muerte pero, como he dicho, ya estaba muerto.

La madre, enloquecida, lo apuñaló una vez, dos, tres, muchas; luego lo apedreó, lo envenenó, lo estranguló… Pero el niño sólo gritaba, sólo sufría. Al fin ella lo tomó entre sus brazos, piel rasgada, huesos rotos, sangre negra, y lo arrojó a las llamas de una hoguera. Y el desdichado ardió, y fue humo y ceniza, y el viento lo dispersó y lo confundió con el aire, y entonces la madre se consoló bien o mal. Pero no debió hacerlo porque en esos restos impalpables estaba aún el alma doliente, y esa alma sigue hoy en el mundo, dispersa pero viva, como lo sabe todo aquel que respira, que abre la boca y siente de pronto la tristeza.

El cuento del año pasado fue: Las Momias del Dr. Knoche

Cuento 1 El hijo
Cuento 2 No digas que me necesitas
Cuento 3 Espanto en el Baul
Cuento 4 El Exorcista en 30 seg
Cuento 5 El hombre de negro
Cuento 6 La puerta del cementerio
Cuento 7 Una mancha en la pared
Cuento 8 En el baño
Cuento 9 La leyenda de Juan Machete
Cuento 10 El gato negro
Cuento 11 Muñecas
Cuento 12 Una noche de verano

Cuento 12 Una Noche de Verano

Autor: Ambrose Bierce

El hecho que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba realmente enterrado. Su posición —tendido boca arriba, con las manos cruzadas sobre su estómago y atadas con algo que rompió fácilmente sin que se alterase la situación—, el estricto confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y el profundo silencio, constituían una evidencia imposible de contradecir y Armstrong lo aceptó sin perderse en cavilaciones.

Pero, muerto… no. Sólo estaba enfermo, muy enfermo, aunque, con la apatía del inválido, no se preocupó demasiado por la extraña suerte que le había correspondido. No era un filósofo, sino simplemente una persona vulgar, dotado en aquel momento de una patológica indiferencia; el órgano que le había dado ocasión de inquietarse estaba ahora aletargado. De modo que sin ninguna aprensión por lo que se refiriera a su futuro inmediato, se quedó dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.

Pero algo se movía en la superficie. Era aquélla una oscura noche de verano, rasgada por frecuentes relámpagos que iluminaban unas nubes, las cuales avanzaban por el este preñadas de tormenta. Aquellos breves y relampagueantes fulgores proyectaban una fantasmal claridad sobre los monumentos y lápidas del camposanto. No era una noche propicia para que una persona normal anduviera vagabundeando alrededor de un cementerio, de modo que los tres hombres que estaban allí, cavando en la tumba de Henry Armstrong, se sentían razonablemente seguros.

Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una Facultad de Medicina que se hallaba a unas millas de distancia; el tercero era un gigantesco negro llamado Jess. Desde hacía muchos años, Jess estaba empleado en el cementerio en calidad de sepulturero, y su chanza favorita era que «conocía a todas las almas del lugar». Por la naturaleza de lo que ahora estaba haciendo, podía inferirse que el lugar no estaba tan poblado como su libro de registro podía hacer suponer.

Al otro lado del muro, apartados de la carretera, podían verse un caballo y un carruaje ligero, esperando.

El trabajo de excavación no resultaba difícil; la tierra con la cual había sido rellenada la tumba unas horas antes ofrecía poca resistencia, y no tardó en quedar amontonada a uno de los lados de la fosa. El levantar la tapadera del ataúd requirió más esfuerzo, pero Jess era práctico en la tarea y terminó por colocar cuidadosamente la tapadera sobre el montón de tierra, dejando al descubierto el cadáver, ataviado con pantalones negros y camisa blanca.

En aquel preciso instante, un relámpago zigzagueó en el aire, desgarrando la oscuridad, y casi inmediatamente estalló un fragoroso trueno. Arrancado de su sueño, Henry Armstrong incorporó tranquilamente la mitad superior de su cuerpo hasta quedar sentado.

Profiriendo gritos inarticulados, los hombres huyeron, poseídos por el terror, cada uno de ellos en una dirección distinta. Dos de los fugitivos no hubieran regresado por nada en el mundo. Pero Jess estaba hecho de otra pasta.

Con las primeras luces del amanecer, los dos estudiantes, pálidos de ansiedad y con el terror de su aventura latiendo aún tumultuosamente en su sangre, llegaron a la Facultad.

—¿Lo has visto? —exclamó uno de ellos.

—¡Dios! Sí… ¿Qué vamos a hacer?

Se encaminaron a la parte de atrás del edificio, donde vieron un carruaje ligero con un caballo uncido y atado por el ronzar a una verja, cerca de la sala de disección. Maquinalmente, los dos jóvenes entraron en la sala. Sentado en un banco, a oscuras, vieron al negro Jess. El negro se puso en pie, sonriendo, todo ojos y dientes.

—Estoy esperando mi paga —dijo.

Desnudo, sobre una larga mesa, yacía el cadáver de Henry Armstrong. Tenía la cabeza manchada de sangre y arcilla por haber recibido un golpe de azada.

El cuento del año pasado fue: El Silbón

Cuento 1 El hijo
Cuento 2 No digas que me necesitas
Cuento 3 Espanto en el Baul
Cuento 4 El Exorcista en 30 seg
Cuento 5 El hombre de negro
Cuento 6 La puerta del cementerio
Cuento 7 Una mancha en la pared
Cuento 8 En el baño
Cuento 9 La leyenda de Juan Machete
Cuento 10 El gato negro
Cuento 11 Muñecas

Cuento 11 Muñecas

Autor: Luis Bernardo Pérez
Acepté ver la colección de muñecas sólo por cortesía, no porque me interesara. La vieja acababa de adquirir uno de los extractores de jugo que ofrezco de puerta en puerta y ello me hacía sentir comprometido. Además, una de las reglas básicas de todo vendedor exitoso es la de no contrariar al cliente.La casa era humilde, pero lucía ordenada y limpia. Había jarrones con flores frescas, varias imágenes religiosas colgaban de las paredes y una radio antigua descansaba en un rincón. Desde el principio el lugar me resultó sombrío, aunque no puede precisar el motivo.Me levanté del sillón forrado de plástico y me dejé conducir por un estrecho pasillo hasta una puerta cerrada con llave. La vieja abrió y entramos en una habitación poco iluminada. El penetrante olor a perfume de violetas hizo que se me revolviera el estómago. Entre las sombras distinguí a las muñecas. Había de todos los tipos y tamaños. Algunas se apretujaban en los entrepaños que cubrían las cuatro paredes, otras se encontraban arracimadas en un diván, recargadas contra la pared o sentadas en el piso apoyándose las unas en las otras.La vieja no ocultaba su orgullo.-Aquí están mis nenas- dijo.-Es impresionante- afirmé fingiendo entusiasmo-. ¿Cuántas tiene?-No estoy segura. Hace mucho tiempo que perdí la cuenta, pero seguro son más de mil.Caminé entre esa multitud de rostros infantiles. Mi anfitriona corrió las cortinas para aclarar un poco el cuarto. Vi cientos de niñas rubias y morenas, de trapo y de plástico, con el pelo lacio o rizado, con sus zapatos brillantes, sus pulcros baberitos y sus vestidos impecables.

Esta es una de las primeras que tuve- dijo la vieja señalando una figurilla llena de encajes en cuyo inexpresivo rostro se advertía el brillo de la porcelana-. Mi papá la mandó traer directamente de Francia cuando cumplí diez años. Y esa otra, la que tiene la falda bordada, me la regaló mi hermano Francisco cuando estuve enferma. Eso fue en el año… Déjeme recordar…

La fragancia de violetas resultaba intolerable. Me sentí mareado, pero no quise interrumpir las explicaciones de la vieja, quien hablaba sin parar sobre su colección Yo miraba sin ver, paseaba la vista sobre la mesa de cuerpecitos inertes que ella había ido acumulando a lo largo de los años y de quienes se expresaba con tanta familiaridad. Entonces, fijé mi atención en dos de las muñecas, las cuales se distinguían del resto por su absoluta falta de gracia. Eran dos monigotes con los brazos torcidos, el pelo maltratado y la cara cenicienta.

Me acerqué para observar aquellas esperpénticas figuras. Ambas estaban vestidas de azul y llevaban listones rojos en la cabeza. Parecían fabricadas de cartón o de arcilla sin cocer. La boca se abría para formar una mueca ridícula. Al aproximarme más noté que las dos presentaban oscuras oquedades en el lugar donde deberían ir los ojos y la nariz. Fue entonces cuando, percibí, mezclado con el aroma de las violetas, un peculiar hedor, una exhalación putrefacta. Retrocedí aterrado.

Mascullando una excusa, salí de la habitación. Al pasar por la sala tomé mi caja de muestras y, sin mirar atrás, me lancé a la calle a toda prisa. En el cerebro resonaban con insistencia las palabras de la vieja: “Aquí están mis nenas”.
El cuento del año pasado fue: La Sayona

Cuento 1 El hijo
Cuento 2 No digas que me necesitas
Cuento 3 Espanto en el Baul
Cuento 4 El Exorcista en 30 seg
Cuento 5 El hombre de negro
Cuento 6 La puerta del cementerio
Cuento 7 Una mancha en la pared
Cuento 8 En el baño
Cuento 9 La leyenda de Juan Machete
Cuento 10 El gato negro

Cuento 10 El Gato Negro

Este es uno de mis favoritos 😀 

 Autor: Edgar Allan Poe
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

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Saw III

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Este año para halloween estrenaron Saw III, ayer fue el estreno y hoy acabamos de llegar de la pelicula con nuestros amigos Mónica y Lenny. Les puedo decir que no supera la primera pero definitivamente para mi no es una película floja, eso si… si van a ir a verla coman ligerito porque es SUPER COCHINA. No apto para personas delicadas de estomago. (Yo casi salgo corriendo).

 La pregunta que me hice cuando sali de ver por primera vez Saw la repito: Hay gente tan mala en el mundo que haga estas cosas? o es puro bullshit?

Cuento 9 Leyenda de Juan Machete

Leyendas Venezolanas

CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
SILVIA APONTE
© Derechos Reservados de Autor
LA LEYENDA DE JUAN MACHETE

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Es la leyenda de Juan Machete, una de las más conocidas en los Llanos Colombo-venezolanos, ha sido motivo de inspiración para canta-autores y cuentacasos llaneros. Es sabido que éste personaje se llamó Juan Francisco Ortiz y tenía un fundo llamado La Odisea, el remoquete de machete se ¡o acomodaron porque siempre llevaba al cinto, un largo machete en una funda de cuero crudo.

Cuenta la leyenda que este hombre hizo un pacto con el diablo, negociando el alma de su mujer y de sus hijos y su propia alma a cambio de que lo convirtiera en el potentado máximo de la región. Para ello cogió un sapo y una gallina negra, les cosió los ojos con una aguja e hilo y los enterró vivos un jueves santo al filo de la media noche, para desenterrarlos al año siguiente, el mismo día y a la misma hora; después enrumbó por un camino hasta llegar a un lugar solitario donde no escuchaba un ruido de voz humana, ni canto de un gallo, tiró los huesos al viento, y llamó al rey de las tinieblas tres veces a todo grito esperando un intervalo de que muriera un eco para lanzar el otro diciendo. -¡Satanás, quiero hacer un pacto contigo! Lucifer, aquí te espero!, y por último, ¡Mandinga!, si no vienes a mi llamado, mi petición es que vengan las riquezas a mi, que me rodeen como los pastos pestañean a los esteros y lagunas.

Nada perturbó el silencio de aquel Jueves Santo, nada pareció acontecer, sin embargo, para Juan Machete llegó una racha de suerte increíble, sus tierras se volvieron fértiles, el ganado ni que hablar, las vacas parían de a dos terneros y Juan creía que todo era una racha de buena suerte. Más una noche cuando ésta se partía en dos, el mugido de un padrote estremeció La pradera, Juan se levantó, metió la mirada en la oscuridad pero nada extraño pudo ver, regresó a su cama y se tendió a dormir hasta que el día rayó el horizonte, comenzó su rutina diaria, más cuando ensillaba su caballo, reparó en los potreros la imponencia de un toro negro de cascos y astas blancas. Largo rato duró contemplando a aquel hermoso animal, luego pensó que era de algún hato vecino, se fue a su trabajo y cuando regresó por la tarde, todas las reses estaban alborotadas como si trataran de huir del padrote; mañana apenas amanezca voy a los hatos vecinos para avisar y que su dueño venga a recogerlo. Con esta idea durmió plácidamente, con ella se levantó y con ella se dio a galopar sabana visitando hatos y fundos aledaños, describiendo el animal, pero nadie dijo ser el dueño de una res de aquellas características.

Al anochecer regresó cansado y preocupado, observó al toro quien se mantenía pastando reunido con las demás reses, altanero y sombrío, con la majestuosidad de dueño y señor del rebaño.

El cansancio venció a Juan y se durmió de un solo tirón hasta las doce de la noche cuando fue arrancado de su profundo sueño por el pitazo del negro padrote recién adueñado de aquellos parajes, se levantó a averiguar, pero todo parecía normal, sin embargo no fue así, su asombro no tuvo límites, sus tierras florecían en reses, miles y miles de cabezas de ganado manchaban el verde limpio de las sabanas y corrales. Aquel mugido largo y profundo del toro negro a las doce de la noche, fue el aviso del diablo diciéndole que desde ese mismo instante era el ganadero más poderoso de la región, así lo entendió Juan.

Desde ese momento nace la leyenda de Juan Machete, de machete que porque el hombre siempre cargaba un machete pegado a la cintura metido dentro de una funda de cuero crudo.

Como siempre, el tiempo avanza sobre los hombres, las cosas y los misterios se hacen grandes. Por los cuatro costados del Llano, a lo largo y ancho de éste se comentaban las riquezas de Juan Machete, de la noche a la mañana. Un día que el hombre recorría sus propiedades, de repente se le apareció un chivato, cosa rara por que por aquellos lugares no habían animales de esta especie, pero lo más asombroso, fue que el animal le habló. -¡Escucha esto Juan Machete: a tu hacienda llegarán unos trabajadores, contrátalos, porque ellos te serán fieles y tus riquezas se duplicarán, habrá rebaños hasta de cuatrocientas reses de un mismo color y los caballos más hermosos, que con su galope estremecerán la pradera y tus tierras serán las más productivas en la región.

El diablo, que no era otro que aquel chivato, le dio las instrucciones diciéndole que llegarían unos 50 trabajadores a su hacienda en busca de trabajo, que los tomara todos a su cargo, gente que le sería fiel, no habría hombre más rico que él, ni ganado más hermoso que el suyo, ganado nunca visto, rebaños hasta con cuatrocientas cabezas con un mismo pelaje y color, madrinas de caballos deslumbrantes que estremecerían ¡a pradera con el remar de sus cascos; con la llegada de los obreros, a quienes tendría que bautizar, llegaría un hombre arrogante de estatura elevada, de mirar penetrante, empostado como un samán, a ese, lo bautizaría con el nombre de Constantinoplo, ese hombre sería su capataz, su fiel capataz y para bautizarlos debería rezar un credo al revés mientras fumase un tabaco con la candela dentro de la boca.

Así lo hizo Juan Machete, todo floreció como en los cuentos de hadas, no hubo hombre más poderoso que él, también se volvió el terrateniente más tirano, abarcando tierras comprándole a los demás, sacándolos de sus cercanías, fue así como fue quedando solo en esos lugares, pues la gente procuraba irse lejos de allí, de los pocos que alguna vez se arriesgaron a trabajar en su hacienda, algunos se fueron sin querer recibir pago, el miedo y la tiranía de Juan Machete y su capataz, los hizo huir.

Pasó el tiempo, avanzando a pasos agigantados, trayendo presagios y tejiendo leyendas hasta que Juan Machete, se vio solitario con sus grandes riquezas, las cuales comenzaron a mermar, así como todo lo que crece como espuma, se va disolviendo; Juan Machete empezó a sentir miedo, sabía que estaba cerca el día de pagar la deuda contraída con el rey de las tinieblas, entonces mandó a bautizar los niños, luego sembró cruces en todos los potreros, alrededor del hato, mandó a hacer un hierro con una cruz y una J, para herrar el ganado. Pero nada de eso le valió, los trabajadores empezaron a desaparecer igual que el ganado y los atajos de caballos, las tierras se tornaron estériles y todo iba marcando una ruina definitiva.

Exactamente como fue desapareciendo la ganadería y los atajos de caballos, de la misma manera fueron desapareciendo los trabajadores asignados por el diablo, solamente el misterioso toro señoreaba por los potreros en ruina, Juan consiguió unos vaqueros para que le ayudaran a herrar al toro con la cruz y la J, aquel toro significaba su pacto con Satanás y quizás si lo marcaba con la cruz, se rompería el pacto, pero el toro desapareció como si lo hubiese tragado la tierra y todo ardió entre llamas que brotaron desde los cuatro costados de los terrenos de Juan Machete, solo quedaron cenizas que el viento se fue llevando.

Cuentan los viejos, aquellos viejos de palabras verdaderas, hombres enseñados a descifrar tos misterios, que Juan Machete también desapareció misteriosamente, que se escucha llorar a una mujer en medio de las sabanas que pertenecieron a este hombre y dicen que todo el oro que poseyó Juan Machete, lo dejó enterrado. La consigna es que se debe presentar desnudo al lugar donde se cree están los tesoros y esperar a que aparezca el ánima de Juan Machete y le propine tres planazos en la espalda, si queda con vida, puede ser el dueño de todas esas riquezas que reposan bajo la tierra y los que se han arriesgado a llegar por allá con deseo de hacer contacto con el ánima han huido despavoridos, porque han visto un hombre vomitando candela al filo de la media noche, también otros que como valientes han salido a la carrera con los lomos bien «planeados» sin poder ver quien les a propinado semejante planera y siguen contando los viejos cuentacasos, que son muchos los llaneros a quienes Juan Machete ha «planeado» en noches oscuras mientras estos van rumbo a un parrando y yo, araucano de pura sepa me llamo Ángel quintero, para servirle señora y si usted quiere, le cuento otras leyendas mucho más temerarias que la del mismo Juan Machete

El del año pasado fue: La niña y las monedas de oro

Cuento 1 El hijo
Cuento 2 No digas que me necesitas
Cuento 3 Espanto en el Baul
Cuento 4 El Exorcista en 30 seg
Cuento 5 El hombre de negro
Cuento 6 La puerta del cementerio
Cuento 7 Una mancha en la pared
Cuento 8 En el baño