Halloween

Este año no he estado muy animada con halloween, creo que porque me he concentrado mas en mi embarazo que en cualquier cosa. Se me olvido bajar la decoración que compre el año pasado del ático y escasamente hice dos calabazas porque mi amiga estaba animada con su hijita de 4 añitos en hacerla. Tambien compre caramelos y lo puse en bolsitas bien bonitas para darlas a los niños. Halloween es este viernes 31, y aun no tengo disfraz pero algo inventare.

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Historia de Halloween
Halloween

Crónicas de Halloween

La fiesta del sábado estuvo buenísima aunque con la manía de apagar la fiesta a media noche que tienen los dueños de la casa a donde fuimos para seguir la fiesta en una discoteca, nos quedamos picadísimos por seguir el bonche allí, y nos fuimos cual zombis a pasar nuestra respectiva ebria en nuestra casa hasta el otro día. maski se disfrazo del Zorro y yo de Miss Venezuela jejeje 😀

Los zapatos peluos son los mios. Antes de salir d ela casa me habia puesto ropa negra y botas de camionero negro y Maski discutio conmigo porque las Miss Venezuelas no se visten asi sino con falda y tacones, asi que me vesti con falda pero como no me gustan tacones me quede con las pantuflas peludas que uso en la casa y me quedo comiquisimo el disfraz jejeje

El día de martes de Halloween ya tenia todo preparado, caramelos como para llenar una gran piñata en un pote grandísimo que me conseguí, lo puse en la puerta de la entrada con una sillita para no cargarlo encima porque pesaba y prendí la luz de afuera. La luz prendida es significado de que los dueños están dispuestos a regalar caramelos esa noche, si no quieres que te molesten o se te acabaron los caramelos solo apagas la luz y no pasan. Estaba mas contenta porque era la primera vez que iba a dar caramelos, el año pasado no dimos trick or tret porque se nos olvido.

Maski me dijo como hacer: ellos tocan la puerta, esperas que te digan trick or tret, le das un poquito de caramelitos a cada uno y le piropeas el disfraz y chao pescado.

Maski se fue para sus clases así que yo sola tendría que atender a la gente, Ninjas, princesas, perritos, brujas, Harry Potters , mariposas desfilaron por la casa, a lo lejos se veían los papas vigilando la transacción. Algunos papas se acercaron con los chamos y uno que otro me dio la bienvenida al vecindario. Me pare de la silla a atenderlos como 15 veces :S

Como a las 8:00 ya cansada me tocan la puerta dos muchachos disfrazados de esqueletos, feísimos :S por la estatura pensé que tenían como 13 años, me impresionaron porque estaban completamente tapados, guantes de esqueleto, monos negros…

Me pareció así como un poco impertinente que no me dijeran trick or tret pero pensé bueno muchacho adolescente que no esta en edad para decir esas niñadas pero si están dispuestos a llevarse su botín.
Entonces les comente: UUUY!!! YOU SCARE ME GUYSS (uuyyy me asustan muchachos!), les abro la reja y uno de ellos me la agarra para yo poder dar los caramelos, cuando me descuido de la puerta a buscar los caramelos en el pote el otro que estaba esperando me puso las manos encima y quiso empujarme para entrar a la fuerza a la casa!!!! :O

CASI ME DIO UN YEYO, se me olvido el ingles pa’l coño!!! Y pegue un grito y le dije cualquier cantidad de groserías en español tratando de empujarlo hacia fuera hasta que se quito la mascara y era mi amiga Mónica muerta de la risa que se había disfrazado para joder a los amigos y agarrar caramelos!!! POR DIOS CASI LE METO UN CARAJAZO DEL SUSTO!!!!! Me abrazo muerta de la riza, el otro resulto ser su prima que son igualitas de enanas y sintéticas las dos que parecen unos chamitos!!! Y las seguía en el carro su esposo Lenny también viendo la vaina muerto de la risa.

El año que viene les compro caramelos diarreicos o picante chirere nojoda!!! Y si no esta Maski en la casa no doy caramelos, después de esto me dio culillo seguir dando caramelos y estuve como una semana contandole a titirimundi lo malvadas que fueron jajajaja 😀

Las odio por eso!!!

Tal dia como hoy

Trick or treat

 

 

Ya termino la cadena de cuentos halloweenescos hasta el proximo año.

Caramelos para mis arepologos torturados

 

Cuento 1 El hijo
Cuento 2 No digas que me necesitas
Cuento 3 Espanto en el Baul
Cuento 4 El Exorcista en 30 seg
Cuento 5 El hombre de negro
Cuento 6 La puerta del cementerio
Cuento 7 Una mancha en la pared
Cuento 8 En el baño
Cuento 9 La leyenda de Juan Machete
Cuento 10 El gato negro
Cuento 11 Muñecas
Cuento 12 Una noche de verano
Cuento 13 La Partida

Cuento 13 La Partida

Autor: Alberto Chimal

Una madre vio morir a su pequeño hijo en aquel temblor espantoso, el que destruyó la ciudad de Appa, pero no pudo resignarse a su muerte y rogó a los dioses que se lo devolvieran.

Los dioses, compadecidos, no dejaron que el alma del pequeño entrase en el Otro Mundo y la devolvieron a su cuerpo. Pero ya saben cómo son los dioses: el cuerpo no dejó de estar muerto, no se aliviaron sus múltiples heridas, así que el corazón de la madre pasó de la dicha de tener a su hijo, de no haberlo perdido, al horror de ver sufrir a la pobre criatura, prisionera de su carne lastimada. Y luego vino el asco, sí, el asco, porque el niño comenzó a pudrirse, y los gusanos lo devoraban, y gritaba llamando a la muerte pero, como he dicho, ya estaba muerto.

La madre, enloquecida, lo apuñaló una vez, dos, tres, muchas; luego lo apedreó, lo envenenó, lo estranguló… Pero el niño sólo gritaba, sólo sufría. Al fin ella lo tomó entre sus brazos, piel rasgada, huesos rotos, sangre negra, y lo arrojó a las llamas de una hoguera. Y el desdichado ardió, y fue humo y ceniza, y el viento lo dispersó y lo confundió con el aire, y entonces la madre se consoló bien o mal. Pero no debió hacerlo porque en esos restos impalpables estaba aún el alma doliente, y esa alma sigue hoy en el mundo, dispersa pero viva, como lo sabe todo aquel que respira, que abre la boca y siente de pronto la tristeza.

El cuento del año pasado fue: Las Momias del Dr. Knoche

Cuento 1 El hijo
Cuento 2 No digas que me necesitas
Cuento 3 Espanto en el Baul
Cuento 4 El Exorcista en 30 seg
Cuento 5 El hombre de negro
Cuento 6 La puerta del cementerio
Cuento 7 Una mancha en la pared
Cuento 8 En el baño
Cuento 9 La leyenda de Juan Machete
Cuento 10 El gato negro
Cuento 11 Muñecas
Cuento 12 Una noche de verano

Cuento 12 Una Noche de Verano

Autor: Ambrose Bierce

El hecho que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba realmente enterrado. Su posición —tendido boca arriba, con las manos cruzadas sobre su estómago y atadas con algo que rompió fácilmente sin que se alterase la situación—, el estricto confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y el profundo silencio, constituían una evidencia imposible de contradecir y Armstrong lo aceptó sin perderse en cavilaciones.

Pero, muerto… no. Sólo estaba enfermo, muy enfermo, aunque, con la apatía del inválido, no se preocupó demasiado por la extraña suerte que le había correspondido. No era un filósofo, sino simplemente una persona vulgar, dotado en aquel momento de una patológica indiferencia; el órgano que le había dado ocasión de inquietarse estaba ahora aletargado. De modo que sin ninguna aprensión por lo que se refiriera a su futuro inmediato, se quedó dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.

Pero algo se movía en la superficie. Era aquélla una oscura noche de verano, rasgada por frecuentes relámpagos que iluminaban unas nubes, las cuales avanzaban por el este preñadas de tormenta. Aquellos breves y relampagueantes fulgores proyectaban una fantasmal claridad sobre los monumentos y lápidas del camposanto. No era una noche propicia para que una persona normal anduviera vagabundeando alrededor de un cementerio, de modo que los tres hombres que estaban allí, cavando en la tumba de Henry Armstrong, se sentían razonablemente seguros.

Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una Facultad de Medicina que se hallaba a unas millas de distancia; el tercero era un gigantesco negro llamado Jess. Desde hacía muchos años, Jess estaba empleado en el cementerio en calidad de sepulturero, y su chanza favorita era que «conocía a todas las almas del lugar». Por la naturaleza de lo que ahora estaba haciendo, podía inferirse que el lugar no estaba tan poblado como su libro de registro podía hacer suponer.

Al otro lado del muro, apartados de la carretera, podían verse un caballo y un carruaje ligero, esperando.

El trabajo de excavación no resultaba difícil; la tierra con la cual había sido rellenada la tumba unas horas antes ofrecía poca resistencia, y no tardó en quedar amontonada a uno de los lados de la fosa. El levantar la tapadera del ataúd requirió más esfuerzo, pero Jess era práctico en la tarea y terminó por colocar cuidadosamente la tapadera sobre el montón de tierra, dejando al descubierto el cadáver, ataviado con pantalones negros y camisa blanca.

En aquel preciso instante, un relámpago zigzagueó en el aire, desgarrando la oscuridad, y casi inmediatamente estalló un fragoroso trueno. Arrancado de su sueño, Henry Armstrong incorporó tranquilamente la mitad superior de su cuerpo hasta quedar sentado.

Profiriendo gritos inarticulados, los hombres huyeron, poseídos por el terror, cada uno de ellos en una dirección distinta. Dos de los fugitivos no hubieran regresado por nada en el mundo. Pero Jess estaba hecho de otra pasta.

Con las primeras luces del amanecer, los dos estudiantes, pálidos de ansiedad y con el terror de su aventura latiendo aún tumultuosamente en su sangre, llegaron a la Facultad.

—¿Lo has visto? —exclamó uno de ellos.

—¡Dios! Sí… ¿Qué vamos a hacer?

Se encaminaron a la parte de atrás del edificio, donde vieron un carruaje ligero con un caballo uncido y atado por el ronzar a una verja, cerca de la sala de disección. Maquinalmente, los dos jóvenes entraron en la sala. Sentado en un banco, a oscuras, vieron al negro Jess. El negro se puso en pie, sonriendo, todo ojos y dientes.

—Estoy esperando mi paga —dijo.

Desnudo, sobre una larga mesa, yacía el cadáver de Henry Armstrong. Tenía la cabeza manchada de sangre y arcilla por haber recibido un golpe de azada.

El cuento del año pasado fue: El Silbón

Cuento 1 El hijo
Cuento 2 No digas que me necesitas
Cuento 3 Espanto en el Baul
Cuento 4 El Exorcista en 30 seg
Cuento 5 El hombre de negro
Cuento 6 La puerta del cementerio
Cuento 7 Una mancha en la pared
Cuento 8 En el baño
Cuento 9 La leyenda de Juan Machete
Cuento 10 El gato negro
Cuento 11 Muñecas

Cuento 11 Muñecas

Autor: Luis Bernardo Pérez
Acepté ver la colección de muñecas sólo por cortesía, no porque me interesara. La vieja acababa de adquirir uno de los extractores de jugo que ofrezco de puerta en puerta y ello me hacía sentir comprometido. Además, una de las reglas básicas de todo vendedor exitoso es la de no contrariar al cliente.La casa era humilde, pero lucía ordenada y limpia. Había jarrones con flores frescas, varias imágenes religiosas colgaban de las paredes y una radio antigua descansaba en un rincón. Desde el principio el lugar me resultó sombrío, aunque no puede precisar el motivo.Me levanté del sillón forrado de plástico y me dejé conducir por un estrecho pasillo hasta una puerta cerrada con llave. La vieja abrió y entramos en una habitación poco iluminada. El penetrante olor a perfume de violetas hizo que se me revolviera el estómago. Entre las sombras distinguí a las muñecas. Había de todos los tipos y tamaños. Algunas se apretujaban en los entrepaños que cubrían las cuatro paredes, otras se encontraban arracimadas en un diván, recargadas contra la pared o sentadas en el piso apoyándose las unas en las otras.La vieja no ocultaba su orgullo.-Aquí están mis nenas- dijo.-Es impresionante- afirmé fingiendo entusiasmo-. ¿Cuántas tiene?-No estoy segura. Hace mucho tiempo que perdí la cuenta, pero seguro son más de mil.Caminé entre esa multitud de rostros infantiles. Mi anfitriona corrió las cortinas para aclarar un poco el cuarto. Vi cientos de niñas rubias y morenas, de trapo y de plástico, con el pelo lacio o rizado, con sus zapatos brillantes, sus pulcros baberitos y sus vestidos impecables.

Esta es una de las primeras que tuve- dijo la vieja señalando una figurilla llena de encajes en cuyo inexpresivo rostro se advertía el brillo de la porcelana-. Mi papá la mandó traer directamente de Francia cuando cumplí diez años. Y esa otra, la que tiene la falda bordada, me la regaló mi hermano Francisco cuando estuve enferma. Eso fue en el año… Déjeme recordar…

La fragancia de violetas resultaba intolerable. Me sentí mareado, pero no quise interrumpir las explicaciones de la vieja, quien hablaba sin parar sobre su colección Yo miraba sin ver, paseaba la vista sobre la mesa de cuerpecitos inertes que ella había ido acumulando a lo largo de los años y de quienes se expresaba con tanta familiaridad. Entonces, fijé mi atención en dos de las muñecas, las cuales se distinguían del resto por su absoluta falta de gracia. Eran dos monigotes con los brazos torcidos, el pelo maltratado y la cara cenicienta.

Me acerqué para observar aquellas esperpénticas figuras. Ambas estaban vestidas de azul y llevaban listones rojos en la cabeza. Parecían fabricadas de cartón o de arcilla sin cocer. La boca se abría para formar una mueca ridícula. Al aproximarme más noté que las dos presentaban oscuras oquedades en el lugar donde deberían ir los ojos y la nariz. Fue entonces cuando, percibí, mezclado con el aroma de las violetas, un peculiar hedor, una exhalación putrefacta. Retrocedí aterrado.

Mascullando una excusa, salí de la habitación. Al pasar por la sala tomé mi caja de muestras y, sin mirar atrás, me lancé a la calle a toda prisa. En el cerebro resonaban con insistencia las palabras de la vieja: “Aquí están mis nenas”.
El cuento del año pasado fue: La Sayona

Cuento 1 El hijo
Cuento 2 No digas que me necesitas
Cuento 3 Espanto en el Baul
Cuento 4 El Exorcista en 30 seg
Cuento 5 El hombre de negro
Cuento 6 La puerta del cementerio
Cuento 7 Una mancha en la pared
Cuento 8 En el baño
Cuento 9 La leyenda de Juan Machete
Cuento 10 El gato negro

Cuento 10 El Gato Negro

Este es uno de mis favoritos 😀 

 Autor: Edgar Allan Poe
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

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